Carlos Gallini tuvo un acto de heroismo que hizo que se lo recuerde y se lo incluya en la historia grande del ferrocarril de nuestro país
Carlos Gallini era rosarino, en 1921 tenía 38 años y seguramente se consideraba un hombre afortunado. Cuando apenas salía de la adolescencia ingresó a trabajar como empleado ferroviario y desde hacía varios años era maquinista del Ferrocarril Central Argentino y se encontraba a cargo del Rápido Rosario – Retiro, con el que realizaba el trayecto de ida y vuelta los días martes y jueves.
Además de su oficio de maquinista, Carlos Gallini tenía inquietudes sociales. En 1913 había creado una escuela técnica para que los hijos de los trabajadores pudieran acceder a una capacitación cuando no podían aspirar al colegio secundario (por entonces la ley dictada durante la Presidencia de Julio Argentino Roca, aseguraba el acceso a la educación de carácter obligatorio, estatal, laico y gratuito solamente a nivel primario). Con chatarra, madera en desuso y desechos ferroviarios confeccionó el material didáctico. Alternando sus horas de trabajo con su pasión por la enseñanza, también tuvo tiempo de escribir dos obras sobre las cuestiones del riel. “El movimiento Wheelright” y “La locomotora en movimiento”.
Aquel primer día de marzo del ’21, el viaje entre la estación de Retiro y la de Rosario Norte arrancó puntual. La propia esposa de Gallini había estado, a primera hora de la mañana, lustrando los bronces de “La Rosita”, la locomotora favorita de su marido. A las 18 horas, puntual, partió el convoy desde los andenes de la estación porteña, llevando unos 250 pasajeros, entre los que se contaba la compañía teatral que encabezaba la por entonces exitosísima actriz Lola Membrives.
Había recorrido poco más de 80 kilómetros cuando, en la estación Benavidez, unas chispas ocasionaron un principio de incendio en el furgón de cola, lo que obligó a detener la marcha para apagar el fuego y desprender el vagón afectado. El incidente provocó un retraso de 35 minutos. Hay que decir que hubo una época en que un retraso en el transporte público era casi una afrenta y así lo sentían Gallini y su foguista, Víctor Moles. El gremio ferroviario era famoso por el orgullo puesto en cumplir con sus obligaciones, y la puntualidad era una de ellas.
El heroismo al palo
No obstante el retraso, el viaje continuó con normalidad hasta que pasando Coronel Aguirre, a pocos kilómetros del destino, un caballo invadiendo las vías desencadenó el accidente. El equino provocó que “La Rosita” descarrilara y recorriera aproximadamente 300 metros prácticamente a la deriva. Eran las 23.58 y Carlos Gallini no perdió la sangre fría ni el profesionalismo, fue deteniendo de a poco la máquina. Si hubiera aplicado los frenos a fondo, según la investigación posterior, estaríamos hablando de una de las tragedias ferroviarias más importantes de nuestra historia.
Sin embargo, la pericia de Gallini logró que la máquina, ya con poca velocidad, volcara en una zanja. Entre el pasaje se contaron tan sólo algunos contusos, el foguista Moles resultó ileso. La peor parte se la llevó el maquinista. Carlos Gallini murió con una de las palancas del freno atravesándole el pecho. Como un Jesucristo ferroviario, entregó su vida para salvar a sus pasajeros. De su querida “La Rosita” salió la cruz en la que se inmoló.
Un legado de silencio
Tras su muerte, su escuelita, que él había bautizado “Escuela Técnica de Maquinistas y Foguistas” tomó su nombre. Al parecer no se conservan fotografías del maquinista devenido en héroe.
En Santo Tomé, provincia de Corrientes, un club deportivo lleva su nombre, teniendo en su escudo una locomotora a modo de homenaje al maquinista heroico.



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